Archive for: junio 2012

R.I.P. Valerio Molina García

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[Ante el fallecimiento del sacerdote Valerio Molina García, consiliario de la HOAC de la Diócesis Córdoba, y en su memoria, La Revista FHC quiere hacerse eco de un artículo de José Tornel, consiliario de la HOAC de Murcia, escrito con anterioridad a dicho fallecimiento, que le describe con viveza y cariño (El artículo fue publicado en su día por diversos medios de la HOAC).]

Valerio es una persona especial. Muchas y muchos militantes lo conocéis. No pasa desapercibido. De hecho ¿has visto a muchos curas con bigote?. Él es uno de los pocos que deben existir.

Hace unos años, en la X Asamblea General, durante la celebración de la fiesta que la HOAC acostumbra a organizar durante las mismas, la diócesis de Córdoba presentó a un grupo de consiliarios, algo heterogéneo, que se preguntaban continuamente cómo evangelizar mejor al mundo obrero. Ese teatrillo, titulado “Consiliarius Monty” (si estuviste allí supongo que lo recordarás), y que acabó en un apoteósico método para acercar nuestro apostolado al mundo obrero, giraba en torno a un personaje central: Valerio. Todos los demás insistían en sumarse a su grupo de acción, que no era más que su “pandilla del dominó” y se intuía en los diálogos que el tal Valerio era algo granujilla… un poco travieso. Aquel sainete, y su coreografía final, fue todo un éxito. Y ahora, pasado el tiempo, ilustra en cierta medida algunos rasgos de la labor evangelizadora de este consiliario de la HOAC.

Valerio es una persona de fuerte carácter, carcajada sonora y conversación chispeante. Amigo de la juerguecilla, no le hace nunca un feo a una buena copa de vino, y siempre está dispuesto a invitarte a otra más… la penúltima. Es sacerdote, sí. Pero nunca ha sido un “cura estándar”. A simple vista es como si ese título: el de cura, se lo hubieran dado en la última convocatoria de septiembre, y con un cinco “raspado”. No creo que recuerde muchos “latinajos” y no sé cómo le sentará la sotana porque nunca lo vi dentro de una de esas prendas. Bueno (miento) en aquél teatrillo de la asamblea la llevaba puesta… aunque al final se la quitó.

Su forma de actuar, de relacionarse con los demás, su estilo a la hora de “ejercer” de cura, siempre ha sido algo fuera de lo común. Cuando él está presente hay un sabor a cotidianeidad que termina revistiendo de autenticidad todo lo que hace. Por eso, los mensajes que lanza durante sus homilías carecen de adornos superfluos. Sólo se recrean en el agudo punzón del Evangelio, cuando lo abres por la página donde te habla, a ti mismo, de tu prójimo: ese que lo está pasando mal. Y todo esto, además, con la humildad de unas zapatillas de paño de las muy usadas. Justo es así como me imagino a Jesús de Nazaret entre aquellas gentes que se codeaban con él.

Hace poco, la HOAC de Córdoba le decía por escrito que, en su labor pastoral, siempre se percibe un altar sin escalones. Y es así. Su sacerdocio carece de barreras arquitectónicas. Sobre todo para los más impedidos: Los empobrecidos de este sistema “culturalneoliberal” que nos ha tocado vivir.

Ahora, Valerio está en medio de una dura pelea. Se enfrenta a una grave enfermedad que lo tiene postrado entre el sillón y la cama (y va ganando la cama), que le ha arrebatado hasta el bigote. Sabemos que pronto, seguramente el Padre lo llamará a su lado (Apuesto que jugará con él alguna partidita de dominó). Nosotros, sus amigos, familiares, feligreses, compañeros y compañeras de trabajo o de militancia… en fin, todos los que tenemos la suerte de conocerlo, estamos pendientes de él tal como él ha estado siempre (y sigue estándolo) de todos nosotros.

Por eso, me he permitido el lujo de pedir colaboración a algunas personas que, por diversas circunstancias, han compartido muchos ratos y retos con él. Cada cuál me ha transmitido, más o menos, lo que sigue.

Cuando lo describen, todos coinciden en que Valerio es coherente con sus planteamientos, procurando una distancia mínima entre lo que piensa, dice y hace. Y esto le ha provocado más de un dolor de cabeza. Paco Cáliz y Magdalena, dos compañeros de equipo hoacista durante muchísimo tiempo, piensan que es un sacerdote de los que acompañan, no de los que dirigen. Teresa y Toni, madre e hijo, feligreses de su parroquia y desde hace poco militantes de la HOAC de Córdoba (gracias, en gran parte, al propio Valerio), tienen claro que no se anda por las ramas, que encarna el realismo, el humanismo y la sencillez. Y que está dispuesto a la evolución de las ideas y de la Iglesia en pos de un mundo mejor.

Paco Paños conoció a Valerio trabajando ambos como profesores de instituto. Valerio enseñando Religión, Paco, Literatura. Uno comunista, otro cura. Una suerte de Giuseppe y Don Camilo donde se forjaría una profunda, larga y comprometida amistad. Paco destaca sobre todo la defensa de su concepción de un cristianismo al servicio de los desposeídos.

Hay un sacerdote que, aunque lo conoció en el seminario, fue después, en la HOAC, cuando realmente entró en contacto profundo con él. Rafael Herenas destaca su capacidad para sacar fuerzas de la Fe, la oración y la Eucaristía: verdadera fuente de su actitud de servicio y su compartir con los demás.

Compañero de todos, Paco Paños subraya cómo han hablado, bebido, jugado al “futbito” (hasta que el cuerpo y los años dijeron basta)… y también cómo han participado en múltiples actividades e iniciativas siempre en pro de un mundo mejor, de un sistema de enseñanza crítica y no adoctrinadora. Todo esto durante más de treinta años en los que han mantenido la rutina semanal de la partida  de dominó en el grupo de amigos.

Las homilías de Valerio, con un vocabulario “entendible” por cualquiera, evocadoras de un Jesús nada “repeinao”, en pantalón vaquero y con el carné del paro en la chaqueta, utilizan un dialecto donde se reconocen los feligreses de un barrio obrero. Así, a base de misas entrañables, espontaneidad, paciencia y, sobre todo procurando el protagonismo de los laicos, es como ha hecho crecer una comunidad parroquial corresponsable, con maneras solidarias, aroma a Pastoral Obrera y receptiva al sufrimiento de la precariedad laboral, el paro, el mes demasiado largo para ese sueldo tan escaso,… En definitiva, una comunidad interpelada por el mensaje revolucionario del Amor de Dios.

Valentía, honradez, sencillez, sinceridad… todas estas palabras salpican las valoraciones que hace de Valerio cualquiera que lo conozca. Pero sobre todas, hay una que destaca: Alegría. Y es que Valerio encarna perfectamente esos versos de Joan Manuel Serrat: “No me importa tomarme la vida en serio, mientras conserve el sentido del humor”.

Su forma de presentar el hecho religioso como lo más humano que uno se puede echar a la cara siempre está presente en su “quehacer” hoacista. El compromiso cristiano, o es profundamente humano o no se puede llamar así: cristiano. La formación hoacista que Valerio ha ido desgranando reunión a reunión, ha forjado su visión del Mundo Obrero desde esa premisa. Así lo atestiguamos sus compañeros de equipo. Y su empuje en la difusión del Noticias Obreras, ¡Tú!, ediciones HOAC, cuadernillos de reflexión etc. Es un síntoma más de esto que digo.

Paco Paños, que ha compartido gran parte de su vida adulta con él, remarca cómo su amistad ha sido más libre y elegida que la que llega de la mano de la infancia y la juventud. Dice saber con certeza que puede contar con él para lo que sea, cosa ya demostrada. Y mantiene que la enseñanza más profunda que recoge de su amigo es lo fácil que resulta entenderse, si quitamos anteojeras a las ideas, y las ponemos al servicio de una sociedad justa.

A todos nos interpela la manera en que está viviendo su enfermedad. Su mirarla de frente, de retar su mal, de vivirlo como un acto de entrega y disponibilidad a lo que el Padre le ha reservado, es una victoria en sí misma. Transluce la Fe profunda en la que vive. Y sólo este hecho es un testimonio de vida cristiana, honda y fructífera. De esta manera, sin duda, Valerio vive ya el principio de su resurrección.

Después de hablar con algunos, pedir respuestas por escrito a otros, pensar y pensar en el protagonista de este escrito, y revivir las muchas experiencias que he gozado junto a Valerio, no me queda más que suscribir lo que dicen Paco Cáliz, Rafael, Teresa, Paco Paños, Magdalena, Toni… y muchas otras personas que podrían haber aportado el matiz de su propia experiencia a estas letras.

De todos y todas brota una palabra cuando hablan de ti, Valerio: Gracias. Y así quiero terminar este intento fallido de artículo de opinión: Gracias Valerio. Y hasta mañana en el Altar.

José Tornel

Excursión a Montoro

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La visita a Montoro tuvo lugar el 18 de Febrero, con salida de Córdoba a las 9,15h. en autobús desde la Media Luna. Como estaba previsto, la llegada fue alrededor de las 10h. a un lugar donde nos esperaba Agustín Lucena. Hay que decir que Agustín es uno de los hermanos Lucena Aguilar_Tablada, que también estuvo en el Seminario y que, ejerciendo como profesor, reside en Montoro donde es un vecino relevante por sus cualidades naturales y profesionales, y donde es muy querido y respetado. Fue la persona elegida por la Vocalía de Visitas Culturales de la Asociación como el gestor idóneo de esta visita a Montoro, que él aceptó, encantado, debido a su amistad y compañerismo e, incluso, familiaridad; y, además,, por su interés y placer por estos temas culturales y de convivencia.

Después de las presentaciones y saludos, todos los visitantes, alrededor de veinte, nos pusimos a disposición de Agustín, y con él iniciamos nuestro paseo por las calles eporenses. Nos llevó, primeramente, a unas cafeterías céntricas donde disfrutamos de un suculento desayuno y de amigables y placenteras conversaciones. A continuación, nos personamos en la Casa de la Cultura donde fuimos recibidos por su titular Isabel Gálvez. Nos deleitó con sus explicaciones sobre el lugar e historia de Montoro, y nos obsequió con abundante y valioso material informativo. Pero no quedó ahí la cosa, pues Isabel nos acompañó y recreó con un agradable e interesante paseo por el pueblo, siendo una guía muy documentada en sus explicaciones por los lugares más bellos y emblemáticos. Estuvimos en la  plaza de España en la que destacan los edificios del Ayuntamiento y la iglesia parroquial de San Bartolomé con sus volúmenes de piedra molinaza, tìpica de la zona; y también la escultura de la diosa Ceres a la que los montoreños  llaman la Segadora. Seguimos con Isabel contemplando la belleza y quebrada arquitectura del casco antiguo; y  allá abajo, el barrio del Retamar que, por su margen izquierda, se mira en el Guadalquivir con su bello puente de las Donadas. Entramos en el Museo Arqueológico donde sus importantes piezas muestran el notable pasado histórico de esta ciudad. Regresando por calles empinadas entramos en el Museo del Aceite, y, a continuación, Isabel nos llevó a la plaza del Charco, visitando, primero, el museo del pintor Rodríguez Luna, y luego el templo parroquial del Carmen donde, muy agradecidos, la despedimos.

Después de haber admirado la bella portada del templo, y su interior con su hermoso retablo barroco, entramos, muy cerca, en el restaurante Belsay  donde nos restauramos con el descanso, la buena comida, las animadas charlas,  y el afecto compartido en una placentera convivencia gastronómica.

No es posible en esta ligera crónica, comentar con detalle todo lo que vimos y todo lo que de Isabel oímos, pero nos quedamos con el regusto de haber estado visitando un lugar de gran belleza y de destacadas reminiscencias históricas, presentadas por una excelente guía enamorada de su ciudad.

Caía ya el sol por occidente, cuando, instruidos y divertidos (discere fruentes), nos despedimos de Agustín muy agradecidos, y, montados en nuestro autobús, regresamos muy felices a casa dejando el campo abierto para después del verano: Doña Mencía.

José Calero Román

‘Deum laudamus’ (por Lourdes Lucena, ‘in memoriam’ Abelardo Lobato)

Abelardo-Lobato-Casado-300x162He de remontarme al curso 1973-74 cuando, como lanzada desde un paracaídas, sin saber si el aterrizaje sería el adecuado, pero con la seguridad que te da una persona como Abelardo Lobato, aterricé en Roma. Llena de miedos e incertidumbres, de interrogantes de difícil respuesta y con la responsabilidad añadida que contraje con un grupo de amigos, que entonces me parecía muy grande, casi desconocidos, pero al que me unía la misma inquietud, situación personal y necesidad de encontrar rumbo más o menos seguro hacia un puerto, desconocido, inquietante, pero que presumía tranquilizador y seguro, me lancé a la aventura.

Muchos años antes había conocido a Lobato. Era yo una jovencita saliendo de la adolescencia pero que ya apuntaba luchadora, emprendedora y con inquietudes trascendentales. Aquellos Ejercicios Espirituales en Madrid, cuando apenas tenía, aún 15 añitos, me marcaron. Lobato ya se me manifestó  como el hombre que te encara, de forma directa y contundente con LA VERDAD. Una verdad que yo tenía que ir concretando y dando forma en mi vida personal.

Como el Santo de Hipona (a quien Lobato admiraba enormemente y conocía en profundidad), anduve por caminos diversos y fue en Granada, cuando me volví a encontrar con él. De igual manera, en esta misma ciudad hablé la última vez en mi despedida, porque en Cádiz ya, por teléfono, presentí el final y no me reconocía. Él marchó de mi vida en este mundo un mes antes de la fecha oficial.

En mi encuentro granadino, se fraguó la apasionante aventura que durante año y medio viví aprendiendo de su saber pero, sobre todo de su vida.

Ese año de 1974, ¡cómo preparamos el Congreso de Santo Tomás de Aquino!, del  que surgió la SITA, que fue su quehacer más intenso a lo largo de sus días.

No salía de mi asombro ver tantos hombres de ciencia, teólogos, intelectuales y filósofos de todas las confesiones e ideologías; millares de cartas. Yo tan “palurdilla” y temerosa, rodeada de tanta sabiduría, y conociendo a Sto Tomás de la manera tan formidable como lo estaba haciendo.

¿Día grande?, el 19 de Abril de 1974, Pablo VI en el Angelicum y yo al lado de Papa al que tanto llegué a admirar, y el que hizo posible, para mí, tantas cosas en la Iglesia, concentradas en el Concilio Vaticano II.

Aquí quería llegar para decir alto, claro y con total rotundidad, que Lobato era un hombre de Iglesia, a la que amaba profundamente y por la que luchaba. Muchas veces me comentaba su afán de llegar, a través de su persona, a donde  estaba convencido que tenía que llegar la propia Iglesia.

La vida de tantos sacerdotes que vivieron años difíciles, de confusión, de reencuentro consigo mismo, tratando de normalizar su situación en la sociedad como ciudadanos y como cristianos comprometidos, pero que necesitaban regular su nuevo estado. Él me decía: “No me importan las críticas, que hubo muchas, sé que no hago nada que no esté convencido de que la Iglesia debe hacer. Estas personas han realizado unos estudios y el Angelicum, en nombre de esa misma Iglesia, les regula una situación que de otra manera no podrían hacer.

Se jugó mucho, pero su alegría y el orgullo que experimentaba cuando veía a tantas personas salir del hoyo de la confusión e incertidumbre, me hacía renovar fuerzas y seguir la batalla que él libraba incansablemente; yo me derrumbaba antes, y de él siempre recibía vitalismo y energía positiva para seguir en la brecha.

Si he de resumir la personalidad de Lobato, nada mejor que citarlo a él mismo.

Con motivo de su 84 aniversario, en el 2009, nos decía a sus amigos: “Debo dar gracias, colocar el amor a mí mismo en su puesto y dar nueve pasos (aludía al año) como Tomás para promover el Humanismo cristiano. Una voz interior me aconseja; Abelardo, agradece, anímate, humaniza”.

Esa era la tónica de su vida. Hombre vitalista %. Comentaba en Septiembre del 2007, en el comienzo de Curso: “Experimento la sensación del comienzo del año en sus dos dimensiones; -la vuelta al cole- como un crío, y el comienzo en Enero. Los dos circulares y limitados. Pero para mí, en ninguna de los dos significados del año, el círculo es el eterno retorno de lo mismo, sino el itinerario existencial. Una nueva Vía Appia con sus piedras milenarias que se van haciendo al andar, por eso volvemos a lo andado, para seguir andando, mientras tenemos tiempo, y citando a S. Pablo, concluía, el tiempo se nos da como un regalo o como un talento que se nos confía.

Es hermoso volver al principio, y más hermoso volver a caminar, ligero de equipaje y no extraviarse en las encrucijadas”.

Este es el hombre que recordamos: Su amor a Dios que lo especificaba en LA VERDAD, LA BELLEZA Y EL AMOR.

Buscador incansable de la Verdad y con una única ocupación en la vida: llevar, esclarecer, enseñar y extender la Verdad hasta el último rincón del mundo; desde la cátedra y desde su ingente obra. La Verdad era Dios mismo. Pero ese Dios lo personificaba en Cristo y en cada hombre y mujer que, según él reflejaban la belleza suprema de ese Dios creador del Cosmos y la Vida.

Su amor a la Persona, lo ha dejado patente en numerosos escritos. Personalista insigne. Creía en la persona, entendía lo “bello y sublime de la persona” y se comprometía con la persona hasta extremos impensados.

Su amor lo manifestaba en sus cualidades humanas de cercanía, alegría manifiesta, optimismo nato. Nada le hundía para hacerle desistir o desconfiar. Se entregaba sin medida y valoraba y agradecía como el más pobre de los mortales.

En su 85 cumpleaños, comenzó a sentir la limitación de la vida y trató el tema de la “senetud” magistralmente.

Reflexionaba en el tema según la teoría de los filósofos griegos como Aristóteles, el sabio Cicerón y nuestro paisano Séneca de forma “terrible”, y que él empezaba a vislumbrar en el Alzeimer que le diagnosticaron. Pero ponía de manifiesto cómo la tradición judeo-cristiana, iluminaba esta etapa y la cargaba de belleza. Decía. “El sufrimiento ayuda a madurar al hombre y la serenidad lo dispone para la vida contemplativa”. Pienso que este fue su último retiro tanto en Granada como en Cádiz. Cito otra frase suya que es realmente conmovedora para plantearnos la vejez desde la perspectiva que nuestro maestro y amigo se la planteó: “El viejo humano puede vivir como joven cristiano porque el alma está por encima del tiempo; es inmortal”,

Nunca dejó de sentirse esencialmente dominico y como tal su lema de vida era, Laudare, Bendecire, Predicare. Así lo conocí y así lo vi vivir. Siempre alabando, agradeciendo, glorificando a Dios y llevando la fe de la Iglesia y el mensaje Evangélico allí donde iba, y, sobre todo, en lo que hacía.

Un recuerdo personal último se remonta a la Semana Santa del 2009. Le invité a mi pueblo, Aguilar, a predicar. Ya casi no se le oía hablando por el Parkinson. Me respondió lleno de humor, ¿dónde va un predicador al que no se le oye? Pero no importa, aquí me tienes caminando juntos los tres: este menda, el computer y mi querido amigo, maestro, santo, gordito, encantador, Tomás de Aquino. Tres como los mosqueteros. Seguimos trabajando mientras el cuerpo resista. Lo más que puedo ofrecerte, un escrito para mi “pequeña, gran filósofa”. Así me llamaba con un tinte cargado de sana ironía porque bien sabía él lo “limitadita” que estaba en ello. Pero, lo mucho o poco que tengo a él se lo debo y lo valoro en “demasiado”.

Acabo esta pretendida semblanza, utilizando como despedida las mismísimas palabras que él utilizó cuando despidió a su hermano Pedro al darle sepultura.

Méteme, Padre eterno en tu seno, misterioso hogar; dormiré tranquilo, pues vengo cansado de tanto bregar”.