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Excursión a Doña Mencía

Viaje socio-cultural a Doña Mencía

El pueblo

Doña Mencía es una villa situada al sureste de la provincia de Córdoba a caballo entre las estribaciones de las Sierras Subbéticas y la Campiña, y  dista 64 kms. de la capital. Es muy reducido su término municipal: sólo 15,4 kms. cuadrados. Su población asciende a 5.172 habitantes. Recibe su nombre del topónimo de las tierras donde está ubicado, pues en el siglo XIII Fernando III donó este territorio a don Álvaro Pérez de Castro que fundaría un castillo dándole el nombre de su esposa: Doña Mencía López de Haro. Es un pueblo muy bello de casas blancas con ventanales enrejados, y de estrechas calles empedradas Hay que destacar, en esta breve introducción, dos datos de muy diversa índole: sus importantes bodegas, y el legado cultural de Juan Valera, ínclito escritor menciano.

En su municipio predomina lo agrario donde se aprecian tres paisajes bien diferenciados: el olivar, los viñedos, y el matorral mediterráneo. Destaca el olivar, que ocupa la mayor parte del territorio; le sigue un espacio muy disperso ocupado por los viñedos; y el paisaje del matorral con presencia de encinar en la zona más abrupta. Abundan los yacimientos arqueológicos: el Laderón es el más importante.

Crónica

 La visita a Doña Mencía se hizo el día 20 de Octubre (sábado), con salida de Córdoba a las 9´15h. en un completo microbús. El grupo estaba compuesto por 28 personas: socios de nuestra asociación con sus esposas en su mayoría, y algunos amigos no socios.

Llegamos a Doña Mencía, salimos del autobús y disfrutamos en el nuevo restaurante “Doña Mencía”de un suculento desayuno y de una amigable y placentera conversación. Iniciamos luego nuestro recorrido, llegando, en primer lugar, al Ayuntamiento donde fuimos recibidos muy cortésmente por la Sra. Concejala de Cultura que nos dirigió unas cariñosas palabras de bienvenida. Siguiendo nuestro paseo, llegamos a la calle Juan Ramón Jiménez donde está situada, contigua con la calle Juan Valera, la Casa de la Cultura en la planta baja, y el Museo Arqueológico en la planta alta. Este moderno edificio ocupa el solar de la casa solariega habitada otrora por la Marquesa de la Paniega, madre de Juan Valera, el cual pasó una buena parte de su infancia viviendo en esta casa. La Sra. Concejala de Cultura, que se había unido a nuestro grupo, nos repartió muy amablemente material informativo. Subimos al gran museo donde Poncho, “alma mater” del mismo, nos dio un recital explicativo de las interesantes piezas arqueológicas colocadas en orden cronológico, exentas o en vitrinas, representantes de las sucesivas etapas de la Prehistoria y de las primeras civilizaciones de la Historia. A este cronista le llamaron especialmente la atención estas dos: los ídolos de piedra caliza del Neolítico procedentes de “El Laderón”; y la interesante epigrafía romana con este texto: VIATOR VIAM PUBLICAM DEXTRA PETE, que en un principio tuvo su polémica, pues se creyó que era una señal de tráfico con esta traducción: VIAJERO, CAMINA POR LA DERECHA, pero tras un minucioso análisis se concluyó dando este sentido a la inscripción: VIAJERO, TE DESEO QUE TOMES EL CAMINO CON AUGURIOS FAVORABLES.

Entramos luego en un entramado de calles que componen el centro histórico del pueblo donde está ubicado el Conjunto Arqueológico del castillo de Doña Mencía, formado por el castillo propiamente dicho (siglo XV), el molino de aceite del Duque de Sesa (siglo XVII y el pósito municipal (siglos XVII – XVIII). Encantados, una vez más, quedamos de los datos históricos y arquitectónicos con que nos obsequió el muy documentado Poncho: las murallas, la Torre del Homenaje y las otras, el Patio de Armas, los restos del molino de prensa, etc.

Bajando, volvimos insertos en el clima valeriano, sobre todo al recorrer la típica y evocadora calle Juanita la Larga. Y para evocaciones, aquí están estas palabras escritas en la famosa novela referidas a la protagonista: “la más limpia de la población y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del ejido”.

Y con este regusto tan histórico, tan literario, y tan placentero, llegamos a las Bodegas Lama donde el placer se hizo vino y el vino se hizo placer. Fuimos también muy bien atendidos por un saleroso vinatero tanto en la cortesía, como en las respuestas a nuestras curiosidades, y, ¡cómo no”, con la invitación a unas copitas que, después de patear el pueblo, nos supieron a gloria en este báquico tabernáculo.

Terminó nuestra visita en el afamado restaurante Doña Mencía, donde descansamos disfrutando de la comida, la bebida, la conversación, la risa, y la deleitosa convivencia. Allí nos había llevado Poncho para rematar su faena tan bien realizada y rematada que sólo le faltó una ovación: ¡torero, torero, torero!

José Calero Román