La Poesía cordobesa entre dos siglos (Manuel Gahete)

En la mesa, de izquierda a derecha, los poetas Fernando Sánchez Mayo, Ana Patricia Santaella, Antonio Varo Baena, Pilar Sanabria, Miguel Alarcos, Antonio León Sendra -Presidente en funciones de la Fundación Humánitas Córdoba-, Manuel Gahete, Balbina Prior, María Pizarro, Julio César Jiménez y Bernhard Dietz. 13 de junio de 2009.

Hasta los umbrales del siglo XXI adviene un poderoso aroma poético, exhalado en Córdoba a mediados del XX, ajeno a las corrientes imperantes en el panorama de la literatura nacional y cuyas principales aspiraciones eran la belleza de la palabra, el sentimiento de la naturaleza y la puesta en valor de las tradiciones autóctona andaluzas, lo que en el ámbito de la sensibilidad estética dominante no pasaba de ser un fenómeno meramente marginal. El gran forjador de Cántico, nombre que adopta el grupo, será Ricardo Molina en cuyo entorno se cohesionan Juan Bernier, Julio Aumente, Pablo García Baena y Mario López, el último en incorporarse en el año 1943. En 1947 nace el primer número de la revista literaria que se mantendrá durante diez años consecutivos. Por sus coincidencias formales y su vinculación al grupo, Vicente Núñez podría considerarse una activa anexión posterior. En 1957, la revista deja de publicarse y los componentes de Cántico parecen entrar en un estadio de apagamiento que se reaviva con la aparición del magistral estudio de Guillermo Carnero, gran impulsor del grupo, quien definirá sus características esenciales: culturalismo intimista, refinamiento formal y tratamiento vitalista del tema amoroso.

En estos mismos años, tres revistas literarias de escasa permanencia irrumpen en el panorama de la poesía cordobesa: Aglae de Manuel Álvarez Ortega, Alfoz de Mariano Roldán, y Arkángel de Luis Jiménez Martos. Semillero de poetas extraordinarios, Leopoldo de Luis, Antonio Gala, Concha Lagos, Rafael Álvarez Ortega, Antonio Almeda o Jacinto Mañas, el fulgor de Cántico opacará sus voces, así como todos los intentos poéticos que nacerían en Córdoba en la década de los setenta: Zubia, Alforja de paja y Kábila. Zubia no aspira a ser bandería de generación sino un toque más en el rebato común del quehacer poético de España. Su voz ciertamente plural acabó por desmembrarlo después de algunos años de pervivencia efectiva, germen de difícil arraigo por donde pasaría el global de los poetas de Córdoba de la generación siguiente y se consolidaría con Manuel de César, Francisco Carrasco, Carlos Rivera, Mercedes Carrasco y Lola Salinas. Su mayor conquista fue la implantación del premio Ricardo Molina del Ayuntamiento de Córdoba. El grupo Astro, donde suenan nombres como el de Antonio Varo, Soledad Zurera, Alfredo Jurado o Encarna García Higueras, deriva de este tronco secular que aún espera su reconocimiento.

En 1973, a raíz de la escisión de Zubia, surge el proyecto poético denominado Antorcha de paja, formado por Francisco Gálvez, Rafael Álvarez Merlo y José Luis Amaro, quienes propugnan una poesía existencialista a partir de situaciones vitales concretas. Venían animados por la necesidad de una urgente renovación, proclamando su rechazo a la poesía de viejos mitos hundida en el pozo del tiempo. Aunque dicen prestar especial atención a los nuevos y más jóvenes poetas andaluces, su mayor acierto será la descentralización, buscando la complicidad y el apoyo de los poetas foráneos.

Aunque cronológicamente pertenecen a esta generación, nos encontramos con dos poetas cordobeses que han traspasado la línea de su tiempo, tal vez porque no se ataron a grupo alguno en él, y merecen una mención ciertamente especial, Carlos Clementson y Juana Castro. La década de los ochenta nos ha dejado tres nombres que suenan sin cesación en revistas, premios y antologías literarias por diferentes motivaciones: Antonio Rodríguez Jiménez, Alejandro López Andrada y Manuel Gahete, autores que siguen en plena efervescencia creadora pero que no constituyen grupo alguno, por más que se intentó potenciar la renombrada Poesía de la Diferencia, frente a la Poesía de la Experiencia que copaba y copa los circuitos oficiales.

Proyecto editorial de hondo calado -y el más permanente de los aparecidos en Córdoba hasta la fecha- es la revista y colección de libros Ánfora Nova, frente al que se encuentra el escritor y académico José María Molina Caballero. Otro foco cultural imprescindible nos llega desde Lucena impelido por Antonio Cruz Casado y Manuel Lara Cantizani, editores audaces de Angélica y Cuatro estaciones.

El Ateneo de Córdoba ha sido sin duda la institución más denodada en la difusión de la poesía. Antonio Flores y Matilde Cabello conducen esta iniciativa que busca sus raíces en las ancestrales bodegas de Córdoba (Guzmán, Campos), dejando que los versos sigan sonando entre los frescos odres de vino. Otras instituciones como la Fundación Humánitas Córdoba o el Real Círculo de la Amistad abren sus puertas a esta desconocida dimensión del alma humana. Desde el año 2003, la Real Academia de Córdoba organiza el ciclo de los Martes Poéticos, en los que ha sonado, alta y clara, la palabra de algunos de los nombres más relevantes de la actual poesía española. El ciclo consolidado de Poesía en los Patios de Viana, organizado por la Fundación CajaSur, y la magia de Cosmopoética, impulsada por la oficina de la Capitalidad Cultural, nos avisan con toda precisión sobre el ardor poético que inflama cada rincón y corazón de Córdoba.

Heredero de la intención, y hasta de la estética, que impuso el grupo Antorcha de paja, surge un emergente grupo de jóvenes, muy próximos a la Universidad y a los estamentos institucionales (Ayuntamiento de Córdoba, Junta de Andalucía) que, con absoluta conciencia de su quehacer poético, comienzan un acendrado ejercicio de incorporación a la sociedad literaria, ocupando muy pronto situaciones de privilegio. El boom de la actual poesía cordobesa es tal que sus autores están presentes en todas las antologías, revistas y suplementos de tirada nacional de los últimos años. La relevancia de ciertos nombres, como Pablo García Casado, Eduardo García, Balbina Prior, Vicente Mora o María Rosal, impulsa a toda una generación de jóvenes que, con tesón y talento, ha logrado superar el difícil muro de la geografía localista para integrarse en el contexto general de la literatura: Joaquín Pérez Azaustre, José Luis Rey, Juan Antonio Bernier, Raúl Alonso, Juan Carlos Reche, Rafael Antúnez, Ángela Jiménez, Nacho Montoto, Alejandra Vanesa, José Daniel García o Elena Medel, la más joven de un pungente movimiento feminista, capitaneado por Pilar Sanabria, que se postula en la actualidad cordobesa como uno de los más poderosos acicates de difusión de la poesía, arte esencial, quintaesencia de la literatura que halla en Córdoba su cúpula cimera, su mástil más bizarro, su crisol más fecundo.

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